El problema empieza cuando queremos ponerle un inventor
Con la tortilla de patatas ocurre algo habitual en la historia de la cocina: una receta popular puede existir antes de que alguien la describa por escrito. Y cuando aparecen documentos, no siempre cuentan exactamente la misma historia.
Por eso conviene separar tres cosas: la primera mención escrita conocida, las preparaciones anteriores que se le parecen y las leyendas posteriores que intentan ponerle nombre y apellido al invento.
Navarra, 1817: cuando había que estirar los huevos
Una de las referencias documentales más conocidas aparece en un memorial anónimo dirigido a las Cortes de Navarra en 1817. El texto describe cómo las mujeres podían hacer una tortilla grande y gruesa con pocos huevos mezclando patatas y otros ingredientes.
Ese documento es especialmente valioso porque no presenta la tortilla como una receta refinada ni como una invención espectacular. Aparece ligada a la economía doméstica y a la necesidad de alimentar a varias personas con pocos recursos.
La Serena, 1798: una pista anterior. Y aquí empieza la discusión.
En Villanueva de la Serena, Badajoz, una investigación moderna ha señalado un texto de 1798 publicado en el Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los Párrocos. El documento describe experimentos con patata para crear alimentos baratos en un contexto de escasez.
Algunos investigadores y el propio Ayuntamiento de Villanueva de la Serena interpretan esa experiencia como antecedente directo del nacimiento de la tortilla de patatas moderna. Otros especialistas son más prudentes, porque la preparación descrita no coincide necesariamente, paso por paso, con la tortilla que hoy reconocemos.
¿Y Zumalacárregui? Aquí entra la leyenda.
La historia popular suele atribuir la tortilla al general carlista Tomás de Zumalacárregui o a una mujer navarra que, durante las guerras carlistas, improvisó un plato con lo que tenía en casa. Es una historia memorable, pero no tenemos una prueba documental que permita tratarla como origen demostrado.
Además, el documento navarro de 1817 es anterior a la Primera Guerra Carlista. Eso no elimina la posibilidad de que Zumalacárregui ayudara a popularizar una preparación semejante, pero sí impide presentarlo con seguridad como su inventor.
Entonces, ¿a quién demonios se le ocurrió?
Probablemente no a una sola persona. La combinación tenía toda la lógica del mundo: la patata aportaba volumen y energía; el huevo, proteína y cohesión; y la sartén permitía convertir ingredientes baratos en una comida completa.
Más que una genialidad caída del cielo, encaja mejor como una solución doméstica que fue tomando forma poco a poco. Y acabó convertida en una de esas recetas que todo el mundo cree conocer hasta que preguntas quién la inventó.
